Tecnología por Tomas Buch
Hay quiénes se preguntan por qué hay que estudiar
Tecnología en la escuela.
Más lógico sería preguntarse cómo ha sido posible
pasar tantos años en la escuela sin estudiar nada de todo aquello que hace
que nuestra vida sea hoy lo que es: tan diferente de la de los animales, de
la de los hombres prehistóricos, y aún de la de nuestros abuelos. Y que todos
estos estilos de vida sean a su vez tan disímiles entre sí.
Porque eso es la Tecnología: es una actitud
esencial de nuestra especie, y dentro de las variantes culturales de ésta,
también es característica de nuestra manera específica de hacer las cosas. La
Tecnología no agota el quehacer cultural ni mucho menos. Pero está presente
en todos los aspectos de nuestra vida. Aun los actos más naturales de los
seres humanos se vinculan de alguna manera con objetos artificiales, y éstos
son producto de nuestro proceder tecnológico.
La Tecnología ha ido cambiando mucho según el
momento histórico y según las características de nuestra cultura, pero tiene
también rasgos en común, que se manifiestan en todas las culturas y épocas.
La Tecnología comenzó el día en que, en una horda de pre-hombres, alguien
levantó una piedra o una rama de árbol del suelo y la usó para alcanzar un
fruto inaccesible o con el fin de cazar una presa para alimentarse. En ese
momento, y a través de un acto mental, esa rama dejó de ser solamente eso,
para transformarse en instrumento. La diferencia radica en el significado
que nuestro antepasado dió a un elemento que, hasta ese momento, era un
objeto natural, pero que a partir de entonces, y por dicho acto mental, dejó
de serlo. Para ello, aquel lejano antepasado nuestro debió hacer algo más que
levantar la rama y emplearla como garrote: debió imaginarse lo que iba a
ocurrir, debió prever las consecuencias de ese acto, transformándolo con ello
en la primera acción tecnológica.
Ese acto mental relaciona la Tecnología con la
Ética. También ésta nació a partir del momento en que pudimos prever las
consecuencias de nuestros actos.
Desde aquellos inicios de la Tecnología hemos
andado mucho. En nuestra época actual podemos realizar en horas un viaje que
hace menos de cien años demoraba semanas; podemos comunicamos en forma
instantánea con cualquier punto del globo; podemos curar enfermedades que
hace dos generaciones aún eran invariablemente mortales. La vida humana es
hoy mucho más larga, menos esforzada y más placentera que pocas décadas
atrás, por lo menos para muchos millones de personas. Claro que también
somos muchos más que antes, lo cual es una consecuencia de mejores
condiciones de higiene, del suministro de agua potable para más gente y de
remedios contra muchas enfermedades. Sin embargo, este crecimiento es sólo
cuantitativo. Se genera vida humana en mayores cantidades, pero eso mismo en
la actualidad constituye una grave amenaza para la calidad de la vida humana.
La miseria es creciente para gran parte de la población
mundial, como consecuencia de un crecimiento
numérico desfasado de la posibilidad de abastecer a esos millones de personas de los medios para su
subsistencia en condiciones dignas.
Mientras los árboles se cortaban con un hacha o
una sierra, era imposible abatir selvas enteras. También era impensable que se pudiera contaminar los
océanos, o pescar todos sus peces. El mundo era fuente inagotable para todos
esos fines prácticos. Hoy en día en cambio, se han desmontado gran parte de
las selvas tropicales y la desertificación amenaza lo poco que queda de
ellas; y se están devastando los mares por una pesca
de alta tecnología pero casi totalmente indiscriminada.
Gracias a la Tecnología, nuestro poder como especie es ahora tan grande que
ha obligado a afectar las características globales del planeta, tales como
el clima, por ejemplo. Ya se están observando cambios en gran escala. Pero
esos cambios son evitables.
La supervivencia de muchas especies de seres
vivos está amenazada, incluso la de grandes segmentos de la nuestra, pero aún estamos a tiempo para revertir esta tendencia. Por esa razón, en nuestra época debemos tener especialmente presente el parentesco esencial entre la Tecnología y la Ética y evaluar correctamente todas las consecuencias de cada una de nuestras acciones tecnológicas.
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Pero para poder hacerlo, para lograr controlar
democráticamente el uso de las tecnologías modernas, para que sus beneficios
lleguen a todos y sus peligros puedan evitarse, debemos aprender a conocer
sus alcances y sus modos de funcionamiento. Si no entendemos qué es y cómo
funciona la Tecnología, quiénes son los que la aplican, y con qué fines,
estaremos siempre frente a sus beneficios y sus efectos nocivos como los
hombres prehistóricos ante los fenómenos de la naturaleza.
Ellos se sentían impotentes ante su fuerza
sobrehumana, y debían someterse a éstos sin comprenderlos. Terminaron
temiendo y adorando aquellas fuerzas como si fueran divinidades.
En la actualidad hay gente que adopta esta misma
actitud frente a la Tecnología. El ciudadano percibe el predominio
tecnológico por todas partes. Aprecia sus beneficios, pero también advierte
sus peligros. A veces se da cuenta de que depende totalmente de ella: la
mayoría de nosotros ha perdido la capacidad de producir siquiera nuestro
propio alimento; y, de ocurrir un corte del suministro eléctrico en una gran
ciudad moderna, en pocas horas la vida quedaría completamente desorganizada
y la gente empezaría a morir. Pero nuestro ciudadano debe darse cuenta de que
no entiende aquello que domina su vida. Entonces, algunos caen en una
adoración ciega, y otros en un rechazo, igualmente ciego. La ignorancia
aumenta la dependencia aún más, y a su vez estimula el fatalismo y el temor
reverencial.
Pero la Tecnología actual, con todo su poder y su
presencia ineludible, no es ni un dios ni un demonio. Tampoco es una fuerza
autónoma e incontrolable, como afirman algunos. Es una creación humana, que
surge en cierta sociedad, en un determinado momento de la historia, dentro de
cierto contexto económico y social y está sometida a mecanismos de toma de
decisiones que responde a los juegos de intereses económicos y políticos. En
una sociedad democrática, esos mecanismos deben someterse a la ley y a la decisión de las mayorías. Pero para que
esto tenga verdaderamente sentido, para que los ciudadanos no sean simplemente
usados por los intereses creados o manipulados por demagogos, es necesario
que “el pueblo sepa de qué se trata”.
La Tecnología no es un montón de aparatos, por
complicados que éstos sean. Es mucho más que eso. Es el contexto en que se
desenvuelve la vida de una sociedad determinada. Es la forma en que esa
sociedad se relaciona con la Naturaleza; es la manera en que los aparatos se
relacionan entre sí y con nosotros, que somos sus inventores, sus fabricantes
y sus usuarios; es una estructura, de la que forman parte los objetos y las
relaciones que existen entre ellos, la sociedad en la que se originaron y el
medio ambiente en que esta sociedad habita y opera; es también un lenguaje
en el que los objetos nos hablan de una forma de organizar el mundo.
TOMÁS BUCH
Doctor en
Química (Ph.D. Northwestern University, Evanston, EE.UU.) Ha sido
investigador principal y miembro del Consejo Asesor del CONICET, e
investigador asociado de la Comisión Nacional de Energía Atómica (Argentina).
Se ha desempeñado como profesor en numerosas universidades del país y del
extranjero. Asesor de la Secretaría de Ciencia y Tecnología (Río Negro),
consultor del Ministerio de Educación de la Nación en temas de Tecnología en
relación con la Educación General Básica y el Polimodal, coautor de los CBC
y los CBO de la Modalidad de Bienes y Servicios de la Educación Polimodal. Autor
de numerosas publicaciones en revistas nacionales e internacionales. Ha sido
coordinador de la Carrera de Ingeniería en Tecnología, (Universidad Nacional
del Comahue), subregente de Investigación y desarrollo (INVAP S.E.),
responsable de Estudios Prospectivos y gerente de Recursos Humanos (INVAP
S.E.). Actualmente se desempeña, además, como asesor de la Gerencia General
de INVAP S.E.
Fuente: Tecnología I - Santillana
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